Por la Redacción de Periódico Patria 30 de octubre de 2025
Hay nombres en la historia de Cuba que son, en sí mismos, una declaración de guerra contra la tiranía. Quintín Banderas es uno de ellos. Su nombre no evoca salones ni política, sino el olor a manigua, el filo del machete y la dignidad indomable de un pueblo que se negó a ser esclavo. Hoy, en el aniversario de su natalicio, Periódico Patria honra no solo al guerrero de leyenda, sino al hombre complejo y trágico cuya vida y muerte exponen las contradicciones y las deudas pendientes de nuestra nación.
Nacido en la pobreza de Santiago de Cuba en 1834, en un país ahogado por la esclavitud, José Quintino Banderas Betancourt estaba destinado por su cuna y su raza a una vida de sumisión. Pero en su interior ardía una llama que ni la miseria ni el racismo pudieron apagar. Sin poder aprender a leer ni a escribir, sentía con más claridad que muchos cultos el dolor de una patria encadenada. Desde joven se vio envuelto en conspiraciones, hasta que en 1868, el grito de Yara le dio un destino: abandonó su hogar y se unió a la insurrección como un soldado más.
Durante tres décadas, su vida fue la guerra. Combatió en las tres gestas de independencia, convirtiéndose en el terror de las tropas españolas y en la mano derecha de gigantes como Antonio Maceo, quien llegaría a decir: “Con solo tu nombre, Quintín, se puede entrar en La Habana”. Su valentía era legendaria, pero fue su dignidad la que lo convirtió en un mito. Tras el Pacto del Zanjón, se negó a aceptar los tres mil pesos de oro que le ofrecía el general español Martínez Campos, asegurando que no quería recibir dinero alguno del gobierno que había oprimido a su pueblo. En su lugar, aceptó con orgullo dos mudas de ropa, un hacha, un machete y un azadón, un gesto de soberanía moral que definió su carácter.
Fue en el exilio, en las prisiones de España, donde este guerrero formidable, ya con más de cincuenta años, emprendió una de sus batallas más personales: aprender a leer y a escribir. Regresó a Cuba para seguir conspirando, para volver a la manigua en 1895, siempre fiel a la causa de la libertad.
Sin embargo, la paz le fue más cruel que la guerra. En la nueva República, el General de División del Ejército Libertador fue víctima de la discriminación y el desempleo. El mismo presidente al que ayudó a consolidar, Tomás Estrada Palma, intentó librarse de él con cinco pesos que Banderas, por supuesto, rechazó indignado. Sobrevivió de la caridad de empresarios que admiraban su gloria, buscando un trabajo digno que la República le negaba.
Su final, en agosto de 1906, es quizás el capítulo más doloroso y revelador. Alzado de nuevo en armas durante la “guerrita de agosto” contra la reelección de Estrada Palma, el viejo mambí fue traicionado. Mientras esperaba un salvoconducto que le habían prometido, fue emboscado en la finca de Manuel Silveira por la Guardia Rural, comandada por un capitán al que él mismo había ascendido en la guerra. Lo asesinaron a machetazos. Le arrancaron una oreja como trofeo. La orden, según la historia, salió del propio Palacio Presidencial.
El gobierno de Estrada Palma se negó a entregar el cadáver a su viuda y prohibió que se le rindieran honores. Su cuerpo fue llevado al cementerio en el “carro de la lechuza”, el vehículo destinado a los pobres sin nombre. Sobre su tumba en la tierra no se permitió poner una cruz con su nombre. Fue un capellán masón, Felipe Augusto Caballero, quien, para evitar que sus restos fueran profanados, colocó una cruz con su propio nombre, un acto de hermandad que salvó del olvido el lugar de descanso del héroe.
Recordar a Quintín Banderas es un deber. Un hombre que combatió en tres guerras por la libertad, que alcanzó el Grado 33 en la Masonería, el más alto honor, y que fue asesinado por la misma República que él fundó. Su vida es el testimonio de que la lucha por Cuba no termina con la victoria militar, sino con la instauración de una justicia que honre a sus héroes, sin importar el color de su piel. Su historia nos obliga a preguntarnos: ¿cuántos héroes más hemos olvidado o traicionado? La misión de Periódico Patria es asegurar que sus nombres y sus sacrificios nunca más sean borrados.


